Interesante artículo del blog de Enrique Dans.

Agradecido Enrique.

Si hace algunos días leíste la noticia de que Francia prohibía enviar y responder correos electrónicos profesionales a partir de las seis de la tarde para proteger el balance entre vida personal y profesional de los trabajadores, a estas alturas puedes olvidarlo: la noticia era completamente falsa, y ya ha sido adecuadamente corregida en todas partes. Afectaba únicamente a algunos trabajadores, no mencionaba horario alguno, y no tenía carácter de ley, como la Secretaria de Estado para Asuntos Digitales, Axelle Lemaire, aclaró a través de Twitter.

Sin embargo, y desde hace ya mucho tiempo, no faltan voces que defienden la idea de que la tecnología está siendo el factor más importante a la hora de atentar contra el balance entre vida profesional y personal, o incluso quienes defienden que la supuesta medida francesa no habría sido una mala idea. ¿Es la tecnología, en efecto, una amenaza a los derechos de los trabajadores, un factor utilizado por las empresas para obligar a sus empleados a trabajar o estar pendientes del trabajo a todas horas, poniendo en peligro su estabilidad y su vida personal? Sin duda, no faltan casos de personas que interrumpen cualquier situación a cualquier hora del día o de la noche para contestar “un mail importante” o “una llamada inaplazable”, pero ¿realmente se ha convertido la tecnología en una amenaza en este sentido? ¿No añade la tecnología otros factores positivos para compensar por ese supuesto “acoso” de nuestras horas de ocio?

La idea de que un gobierno legisle las horas a las que puedo o no puedo trabajar se me antoja la más estúpida entre muchas posibles ideas estúpidas. Sencillamente, alude a un concepto de trabajo cada vez más del siglo pasado, con trabajadores que entran a una hora determinada fichando en un reloj con una tarjeta magnética y salen por el mismo sitio ocho horas – o las que sean – después. Si a esa rutina añadimos una empresa que abusa de los medios de comunicación y demanda cualquier cosa a cualquier hora de sus trabajadores, la idea es sencillamente pavorosa. Trabajadores esclavizados, interrumpidos en cualquier momento de su ocio con demandas constantes, y sometidos además a desfases horarios por las comunicaciones enviadas desde filiales en distintas zonas horarias… un panorama insoportable para cualquiera. Y en efecto, ese tipo de casos pueden existir, no solo en el trabajo de tipo fabril o administrativo, sino incluso en el directivo. Desgraciadamente, aún existen empresas y directivos que mantienen esa concepción de “tiempo en el trabajo”, de “hacer las horas”, de “cumplir”. Pero al mismo tiempo, existen muchos otros tipos de trabajo, cada vez más, en los que la tecnología se convierte en un factor capaz de aportar una flexibilidad envidiable, susceptible de ofrecer un bienestar asociado al trabajo que nuestros antepasados nunca pudieron ni imaginar.

Una parte muy importante de mi trabajo se desarrolla en un aula, a una hora determinada, en un lugar determinado. Otra parte, las reuniones, pueden tener lugar en mi despacho por una cuestión de pura comodidad – mi despacho está en pleno centro de Madrid en una zona de fácil acceso y bien comunicada – o en cualquier otro sitio, y generalmente dentro de las horas que conocemos como “de trabajo”. Pero otra parte muy importante, todo lo relacionado con la preparación de materiales para mis clases, con la parte más creativa de generación de conocimiento, se ha independizado completamente de tiempo y de lugar. Básicamente, trabajo cuando me da la gana, donde me da la gana, cuando me siento más inspirado o cuando me resulta más agradable. El resultado es una jornada laboral inexistente: a menudo acudo a mi despacho evitando las horas de más atasco, sencillamente para evitar hacer frente a un tiempo completamente improductivo tras un volante, o no voy si no tengo clases o reuniones ese día. Un balance entre vida personal y vida profesional que me funciona de manera envidiable, que se traduce en mucho más tiempo de calidad con mi familia, o que ofrece una flexibilidad y una productividad decididamente mucho mayor que la (ahora para mí impensable) alternativa de entrar todos los días a las nueve de la mañana y salir supuestamente a las cinco de la tarde.

¿A cambio? No dejo de trabajar en ningún momento. Cualquier oportunidad de desarrollo de material didáctico, de investigación o divulgativo, del tipo que sea, es aprovechada, aunque ocurra en medio de mis teóricas vacaciones, o durante un fin de semana. Si la inspiración para un tema llega por la noche, no son pocas las ocasiones en las que me levanto y me pongo con ello durante la noche, ese momento mágico en que las horas tienen de verdad sesenta minutos. ¿Radical? Tal vez, pero me gusta. Y decididamente, me compensa enormemente. La tecnología se ha convertido en la maravilla que me permite trabajar como a mí me gusta. Si quiero desconectar, por supuesto que puedo hacerlo. Pero no suelo hacerlo.  Sin duda, explicar mi sistema a algunas personas resulta complejo, algo que generalmente empeora con la edad de mi interlocutor (con honrosas excepciones). Pero no parece que mi empresa esté descontenta con mi productividad en absoluto, o al menos, eso dice en las evaluaciones periódicas de rendimiento.

¿Hay empresas que abusan de esto, y que someten a sus empleados a una tortura mediante el recurso al correo electrónico a todas horas? Sin duda. Pero si bien he oído casos de correos electrónicos enviados fuera de horas de trabajo, no suelo tener datos acerca de la supuesta obligación de contestarlos a esas mismas horas. No me consta que las empresas echen o penalicen a sus trabajadores por no contestar un correo a altas horas de la madrugada, o en medio de un fin de semana, salvo que sea una causa de fuerza mayor. Repito: ¿puede haber abusos? Sí, seguro, como puede haberlos de casi cualquier cosa. Pero en lo general, mi impresión es que la tecnología trae muchos más factores positivos potenciales a esta ecuación en forma de flexibilidad, que de supuestos factores negativos en forma de moderna versión de la esclavitud.

La correcta gestión del equilibrio entre vida profesional y vida personal es crucial en una vida productiva y satisfactoria. Pero tengo serias dudas acerca del papel que la tecnología juega en dicho equilibrio. Mi impresión es que los desajustes no se deben a ese factor tecnológico, sino a otros que se encuentran mucho más dentro del campo del sentido común. Que la principal ganancia no vendría de plantear restricciones tecnológicas, sino de tratar de racionalizar las metodologías en las muchas empresas que aún trabajan como se hacía el siglo pasado, en función de horarios y sistemáticas que ya no tienen sentido. De condenar el “9 to 5″ a una bien merecida jubilación. En el mundo actual, el “9 to 5″ – o peor, el “9 to whenever the boss leaves” – ya no tienen ningún sentido, porque existen formas mucho mejores y menos alienantes de hacer las cosas. Y gran parte de ese fantástico avance, todavía por conquistar en muchas compañías, se lo debemos a la tecnología.

 

(This post is also available in English in my Medium page, “Technology and the work-life balance: the strange case of the French email ban“)