Comunicar el cambio climático ya no puede ser una cuestión secundaria, técnica o reservada únicamente a científicos, periodistas especializados o responsables ambientales. Hoy, comunicar bien la crisis climática y la transición ecológica es una tarea pública, social, educativa, empresarial y territorial.
Y digo comunicar bien porque ahí está una de las claves.
No basta con hablar de cambio climático.
No basta con repetir datos.
No basta con asustar.
No basta con publicar imágenes de catástrofes.
No basta con decir que “hay que hacer algo”.
La verdadera cuestión es cómo comunicar de forma rigurosa, comprensible, ética, cercana y movilizadora.
En este contexto, el Decálogo 2026. Recomendaciones para la comunicación del cambio climático y la transición ecológica, elaborado por ECODES, ofrece una herramienta especialmente útil para periodistas, divulgadores, educadores, administraciones, empresas, organizaciones sociales, instituciones y agentes del territorio.
Y desde mi mirada profesional, también para quienes trabajamos en desarrollo local, empleo, emprendimiento, formación, innovación social y dinamización territorial.
Porque la transición ecológica no se juega solo en grandes cumbres internacionales. También se juega en nuestros pueblos, comarcas, empresas, aulas, ayuntamientos, asociaciones, redes sociales, decisiones de consumo, modelos productivos, oportunidades de empleo y formas de contar lo que está pasando.
1. La comunicación climática no puede ser alarmismo ni espectáculo
Una de las primeras recomendaciones del Decálogo 2026 es clara: hay que comunicar y divulgar el conocimiento científico sobre el cambio climático y los eventos meteorológicos extremos, pero evitando el alarmismo y el espectáculo mediático. La guía insiste en explicar la relación entre cambio climático y frecuencia o severidad de eventos extremos desde estudios de atribución, contexto y evidencia científica.
Este punto me parece fundamental.
Vivimos en un tiempo donde todo compite por atención. Las catástrofes se convierten rápidamente en imágenes, titulares, ruido, discusión política y consumo emocional. Pero una sociedad informada no necesita más ruido. Necesita comprensión.
Cuando se comunica un incendio, una DANA, una sequía o una ola de calor solo desde la imagen impactante, el mensaje puede quedar atrapado en el miedo o en la resignación.
La comunicación climática debe explicar:
-
- qué ha ocurrido;
- por qué puede estar ocurriendo;
- qué relación tiene con tendencias climáticas más amplias;
- qué responsabilidades existen;
- qué medidas de prevención y adaptación son necesarias;
- y qué puede hacer cada nivel institucional y social.
No se trata de suavizar la gravedad. Se trata de evitar que la gravedad se convierta en parálisis.
2. Causas, impactos y soluciones: el relato completo
Otra recomendación esencial del Decálogo es comunicar las causas, los impactos y, muy especialmente, las soluciones para favorecer una transición ecológica con perspectiva de futuro. La guía subraya la necesidad de identificar el papel de los combustibles fósiles, explicar los riesgos, comunicar protocolos de actuación y dar protagonismo a las soluciones de mitigación y adaptación.
Aquí hay una idea muy importante: la comunicación climática no puede quedarse solo en el daño.
Si solo hablamos del problema, generamos agotamiento.
Si solo hablamos de culpa, generamos rechazo.
Si solo hablamos de futuro lejano, generamos indiferencia.
Si solo hablamos de sacrificios, generamos resistencia.
Pero si explicamos soluciones concretas, beneficios cotidianos y oportunidades reales, la transición ecológica se entiende mejor.
La guía recuerda que hablar de transición ecológica también es hablar de energía más asequible y estable, empleos locales, autonomía frente a dependencias externas, salud, coste de vida, estabilidad y calidad de vida.
Y esto conecta directamente con el desarrollo local.
Porque una comunidad local entiende mejor la transición ecológica cuando se traduce en:
-
- rehabilitación energética de viviendas;
- comunidades energéticas;
- movilidad sostenible;
- empleo verde;
- agricultura ecológica;
- economía circular;
- gestión del agua;
- reducción de residuos;
- comercio de proximidad;
- turismo responsable;
- formación profesional;
- ahorro energético en empresas;
- y oportunidades para pymes y autónomos.
La transición ecológica no puede comunicarse como una amenaza abstracta. Debe comunicarse como una ruta de cambio con beneficios, costes, responsabilidades y oportunidades.
3. Una transición ecológica ética, justa e integradora
El Decálogo 2026 insiste en comunicar la transición ecológica desde una perspectiva ética, justa e integradora. Plantea abordar los límites del crecimiento en un planeta finito, cuestionar el PIB como único indicador del bienestar e incorporar a colectivos históricamente marginados o más expuestos a los impactos climáticos, como trabajadores precarios, personas con discapacidad, migrantes o sectores con alta vulnerabilidad.
Este enfoque me parece imprescindible.
-
- La transición ecológica no puede hacerse contra la gente.
- No puede hacerse solo desde élites técnicas.
- No puede hacerse olvidando a quienes menos responsabilidad tienen y más sufren las consecuencias.
Una comunicación responsable debe explicar que el cambio climático no afecta igual a todos.
-
- No afecta igual a quien tiene una vivienda bien aislada que a quien vive en pobreza energética.
- No afecta igual a quien puede teletrabajar que a quien trabaja al aire libre.
- No afecta igual a una gran empresa que a una pequeña explotación agraria.
- No afecta igual a un municipio con recursos técnicos que a un pueblo pequeño sin personal suficiente.
Por eso, comunicar la transición ecológica también exige hablar de justicia social.
Y ahí los profesionales del desarrollo local tenemos mucho que decir. Porque conocemos los territorios, las desigualdades, las necesidades de las empresas, las dificultades de las familias, el valor de los servicios públicos y la importancia de acompañar los cambios.
Una transición ecológica justa no se decreta. Se acompaña.
4. De abajo arriba: ciudadanía, asociaciones y territorio
La guía también recomienda difundir las iniciativas emprendidas o lideradas por la ciudadanía y las organizaciones sociales. Advierte que la información climática suele comunicarse de arriba abajo, desde gobiernos o grandes instituciones, y propone visibilizar experiencias de base, movimientos sociales, proyectos culturales y espacios de cooperación anclados al territorio.
Esta recomendación es especialmente valiosa.
Porque muchas veces los grandes relatos invisibilizan lo pequeño. Y, sin embargo, lo pequeño sostiene mucho más de lo que parece.
En nuestros pueblos y ciudades hay asociaciones, centros educativos, empresas, cooperativas, ayuntamientos, comunidades energéticas, proyectos agrarios, iniciativas de economía circular, grupos juveniles, entidades sociales y profesionales que ya están haciendo transición ecológica sin esperar grandes titulares.
Hay personas que reutilizan, reparan, comparten, cultivan, cuidan, reducen, educan, transforman y cooperan.
La comunicación climática debe dar visibilidad a esas experiencias.
No para vender optimismo barato, sino para demostrar que existen caminos reales.
Porque cuando una persona ve una solución cercana, en su territorio, con nombres y apellidos, la transición deja de parecer un discurso lejano y empieza a ser una posibilidad concreta.
5. Cambio climático presente: no futuro
Uno de los puntos más potentes del Decálogo es la necesidad de conectar el cambio climático con realidades cercanas en el espacio y en el tiempo. La guía recomienda comunicar los beneficios de la transición en los estilos de vida, mostrar experiencias positivas reales, potenciar el mundo rural frente al urbano-centrismo y explicar que el cambio climático no es futuro, sino presente.
Este enfoque es clave para comunicar mejor.
Durante años se ha hablado del cambio climático como algo que ocurriría “algún día”. Pero ese “algún día” ya está aquí.
Está en las olas de calor.
En los incendios más intensos.
En la sequía.
En las pérdidas agrícolas.
En la salud.
En los seguros.
En el precio de la energía.
En la movilidad.
En el empleo.
En la planificación urbana.
En el turismo.
En la gestión del agua.
Si la comunicación climática no conecta con la vida cotidiana, fracasa.
Y si no conecta con el mundo rural, fracasa doblemente.
Porque el mundo rural no debe aparecer solo como víctima o postal. Debe aparecer como actor estratégico: agricultura, ganadería, biodiversidad, gestión forestal, energía, economía de proximidad, patrimonio, alimentación, turismo responsable y conocimiento del territorio.
La transición ecológica necesita más campo en el relato. Y menos mirada urbana condescendiente.
6. La comunicación climática debe ser continua y transversal
Otra recomendación importante es promover la frecuencia, continuidad y transversalidad del cambio climático en la información, la divulgación y el entretenimiento. El documento señala que el cambio climático no pertenece solo a la ciencia o la tecnología, sino también a la educación, política, derecho, ética, economía, salud, alimentación, cultura y consumo.
Esto debería hacernos pensar.
Si el cambio climático afecta a todo, no puede aparecer solo en la sección de medio ambiente.
Debe estar en economía cuando hablamos de empleo y energía.
En educación cuando hablamos de competencias y futuro.
En salud cuando hablamos de calor, contaminación o bienestar.
En consumo cuando hablamos de estilos de vida.
En tecnología cuando hablamos de IA, eficiencia o datos.
En cultura cuando hablamos de imaginarios, valores y relato social.
En desarrollo local cuando hablamos de territorio, emprendimiento y oportunidades.
La transición ecológica no es una carpeta más. Es una capa que atraviesa muchas carpetas.
7. Nuevos formatos, nuevas audiencias y comunicación más humana
El Decálogo recomienda innovar en narrativas y formatos para adaptarse a distintas audiencias, tanto en medios convencionales como en el entorno digital. Plantea utilizar formatos diversos, géneros más profundos como reportajes o crónicas, narrativas esperanzadoras basadas en hechos reales, comunicación sencilla sin perder rigor, inclusión de perspectivas diversas y protagonismo de la población joven como agente transformador.
Este punto conecta directamente con las redes sociales.
Hoy no basta con publicar un informe.
Hay que convertirlo en infografías.
En mapas visuales.
En vídeos breves.
En hilos.
En posts comprensibles.
En charlas.
En talleres.
En materiales educativos.
En ejemplos locales.
En relatos humanos.
Y aquí hay algo que me parece muy importante: simplificar no es banalizar.
Se puede comunicar de forma sencilla sin perder profundidad.
Se puede usar una imagen sin caer en propaganda.
Se puede hacer divulgación sin convertirlo todo en eslogan.
Se puede emocionar sin manipular.
La comunicación climática necesita ciencia, sí. Pero también necesita narrativa, pedagogía, diseño, escucha y sensibilidad social.
8. Educomunicación: aprender a entender, no solo recibir información
La guía dedica una recomendación específica a fomentar la educomunicación del cambio climático y a divulgar conceptos necesarios para comprender el fenómeno. Plantea potenciar la función formativa de los medios, reconocer a los profesionales de la educación ambiental como mediadores y fomentar la formación transversal de profesionales de la comunicación.
Este punto es fundamental.
No necesitamos una ciudadanía saturada de mensajes. Necesitamos una ciudadanía con capacidad de comprender, contrastar y actuar.
La educomunicación climática debe ayudar a entender conceptos como:
-
- efecto invernadero;
- huella de carbono;
- emisiones;
- biodiversidad;
- descarbonización;
- sostenibilidad;
- mitigación;
- adaptación;
- economía circular;
- transición justa;
- límites planetarios;
- diferencia entre tiempo y clima.
No se trata de convertir a todo el mundo en experto climático. Se trata de que nadie quede indefenso ante la confusión, la manipulación o la desinformación.
Y esto afecta directamente a centros educativos, administraciones locales, medios, redes sociales, entidades sociales y programas formativos.
9. Periodismo y comunicación crítica, independiente y profesional
El Decálogo defiende una praxis comunicativa profesional, crítica e independiente. Recomienda proteger la libertad del periodismo ambiental, evitar que la financiación comercial interfiera en la veracidad, alejarse del greenwashing, cumplir códigos éticos y evitar la polarización o los discursos contrarios a la evidencia científica.
Aquí conviene ser muy claro.
El cambio climático no puede comunicarse como si todas las posiciones tuvieran el mismo valor.
Una opinión no pesa lo mismo que la evidencia científica.
Una campaña interesada no pesa lo mismo que un informe riguroso.
Un titular polarizador no pesa lo mismo que una explicación contextualizada.
Un contenido pagado por intereses contaminantes no pesa lo mismo que una investigación independiente.
La comunicación climática necesita libertad, pero también responsabilidad.
Y necesita valentía para señalar el greenwashing, el retardismo y los discursos que intentan frenar soluciones reales bajo apariencia de prudencia.
10. Combatir la desinformación climática
La desinformación climática es otro de los grandes puntos del documento. El Decálogo recomienda verificación rigurosa, fuentes expertas, no dar simetría a posiciones anticientíficas, contextualizar datos, investigar redes de desinformación, dar voz a la ciencia y evitar discursos de odio contra periodistas, científicos y profesionales climáticos.
Además, la guía plantea reforzar alianzas con verificadores, vacunar cognitivamente a la población mediante formación y competencias mediáticas, exigir responsabilidad a plataformas digitales y proteger a periodistas, divulgadores y científicos ante amenazas y ataques.
Esto es muy serio.
La desinformación no solo confunde. Retrasa decisiones. Debilita políticas públicas. Rompe consensos. Genera cinismo. Alimenta polarización. Convierte la ciencia en sospecha y las soluciones en conflicto.
Por eso, combatir la desinformación climática no es censurar. Es defender el derecho ciudadano a recibir información veraz y útil.
Una ciudadanía mal informada decide peor.
Una sociedad intoxicada actúa tarde.
Un territorio que no entiende sus riesgos se adapta peor.
11. Inteligencia artificial generativa: útil, pero con responsabilidad
Aunque el documento se presenta como Decálogo, incorpora una recomendación específica sobre el uso de herramientas de inteligencia artificial generativa con responsabilidad y transparencia.
La guía reconoce el uso extensivo de la IA generativa, pero advierte sobre su huella social y ambiental, sus riesgos de sesgo, desinformación y empobrecimiento informativo. También recomienda transparencia, atribución, supervisión humana, respeto a derechos de autor, uso en temas que se conocen en profundidad y alimentación de los modelos con rigor científico, experiencias locales e información contrastada.
Este punto me parece especialmente necesario.
La IA puede ayudar a divulgar, resumir, adaptar lenguajes, diseñar materiales o generar ideas. Pero si se usa sin criterio puede producir errores, inventar datos, simplificar demasiado, reforzar sesgos o crear imágenes falsas en temas sensibles.
La guía incluso plantea cautelas muy estrictas sobre el uso de IA generativa para imágenes y vídeos en comunicación climática, defendiendo que la imagen debe ser original o proceder de fuentes rigurosas y verificables.
Mi posición es clara: la IA puede ser una herramienta extraordinaria para comunicar mejor la transición ecológica, pero solo si está subordinada a tres principios:
rigor, transparencia y supervisión humana.
La IA no debe sustituir el conocimiento.
Debe ayudar a explicarlo mejor.
12. Recomendaciones más importantes del Decálogo 2026
A modo de síntesis, estas son las recomendaciones que considero más importantes de la guía:
1. Poner la ciencia en el centro
La comunicación climática debe basarse en evidencia científica, fuentes expertas, IPCC, estudios de atribución y contexto riguroso.
2. Evitar el falso equilibrio
No se debe dar el mismo peso a la evidencia científica que al negacionismo o a posiciones anticientíficas minoritarias.
3. Comunicar soluciones, no solo impactos
La ciudadanía necesita saber qué se puede hacer, qué se está haciendo y qué beneficios concretos puede tener la transición.
4. Conectar con la vida cotidiana
Salud, empleo, energía, coste de vida, movilidad, vivienda, alimentación y bienestar deben formar parte del relato climático.
5. Hacer visible el territorio
El mundo rural, las iniciativas locales, la economía de proximidad y las soluciones ancladas al territorio deben tener más protagonismo.
6. Introducir justicia social
La transición ecológica debe comunicarse desde la equidad, considerando a los colectivos más vulnerables y evitando cargar responsabilidades de forma injusta.
7. Innovar en formatos
Infografías, vídeos, mapas, relatos, reportajes, humor, cultura, arte y redes sociales pueden acercar mejor el mensaje a públicos diversos.
8. Educar para comprender
La comunicación climática debe formar, no solo informar. Hace falta alfabetización mediática, digital y ambiental.
9. Combatir la desinformación
Verificar, contextualizar, investigar intereses y proteger a quienes comunican ciencia y clima es una tarea democrática.
10. Usar la IA con responsabilidad
La IA generativa debe utilizarse con transparencia, supervisión humana, rigor científico y conciencia de sus impactos ambientales y sociales.
13. Mi opinión profesional: comunicar bien también es trabajar por el territorio
Desde mi punto de vista, este Decálogo 2026 tiene una utilidad que va mucho más allá del periodismo ambiental.
Es una herramienta para quienes trabajamos con personas, empresas y territorios.
Para técnicos de desarrollo local.
Para orientadores laborales.
Para docentes.
Para ayuntamientos.
Para asociaciones.
Para emprendedores.
Para pymes.
Para comunicadores.
Para entidades sociales.
Para quienes creemos que la transición ecológica debe ser justa, útil y comprensible.
Porque una transición que no se entiende, se rechaza.
Una transición que no se comunica bien, se manipula.
Una transición que no llega al territorio, se convierte en discurso vacío.
Una transición que no genera oportunidades, se percibe como amenaza.
La comunicación climática debe ser rigurosa, pero también cercana.
Debe ser crítica, pero también esperanzadora.
Debe señalar responsabilidades, pero también abrir caminos.
Debe hablar de límites, pero también de posibilidades.
Y sobre todo, debe conectar con la gente.
Con quienes pagan una factura energética.
Con quienes trabajan en el campo.
Con quienes buscan empleo.
Con quienes tienen una pequeña empresa.
Con quienes viven en un pueblo.
Con quienes enseñan en un aula.
Con quienes cuidan.
Con quienes emprenden.
Con quienes intentan entender hacia dónde va todo esto.
Conclusión
El DECALOGO_2026 nos recuerda algo esencial: la comunicación del cambio climático y la transición ecológica no puede basarse en miedo, ruido, negacionismo, propaganda o titulares desconectados de la vida real.
Debe basarse en ciencia, soluciones, justicia, territorio, participación, educación, independencia, pensamiento crítico y responsabilidad tecnológica.
La transición ecológica no será solo técnica. Será también cultural, social, económica y comunicativa.
Y por eso comunicarla bien importa.
Importa para evitar la desinformación.
Importa para activar soluciones.
Importa para proteger a las personas más vulnerables.
Importa para generar empleo y oportunidades.
Importa para que el mundo rural tenga voz.
Importa para que la ciudadanía pueda decidir con criterio.
En definitiva:
comunicar bien el cambio climático también es hacer desarrollo local.



